La vocación de saber escoger

** Un proyecto de vida se puede derrumbar si trabajamos en una profesión que realmente no nos gusta, así hayamos culminado la carrera con un promedio de 20 puntos. La delgada línea que separa el éxito del fracaso, la felicidad de la infelicidad, puede estar en saber determinar para qué somos buenos en la vida
     
Pedro Riera  acaba de cumplir 16 años y está comenzando el quinto año de bachillerato en Ciencias, lo que ahora se conoce como segundo año del Ciclo Diversificado. Según sus padres, a Pedrito siempre le gustó jugar con los “legos”, para lo cual tenía una imaginación tremenda.

Armaba barcos, aviones, casas, rascacielos y, además, unas figuras extrañas que en todo  caso, demostraban su habilidad inagotable para construir. Su promedio en materias como matemáticas, física y química nunca bajó de 19 puntos. Ahora a Pedro le toca escoger qué carrera va estudiar en la universidad. La elección fue obvia. Bajo la complacencia de sus padres, amigos, compañeros de aula y de él mismo, se dijo: “voy a estudiar ingeniería civil”.

Pedrito, y mucho menos su familia, se imagina en ese momento crucial de su vida la desastrosa decisión que está tomando. Unos años después,  a Pedro le aplican el RR varias veces en la carrera. No puede con materias como Cálculo, Sistemas de Representación, Topografía, Estadística y Geología. Pedro no pasa del cuarto semestre.

¿Cómo le puede estar pasando esto en la universidad, a un brillante estudiante de matemáticas en bachillerato?
Porque nadie, ni el propio Pedro, se percató de que aquellas maravillosas y extrañas figuras que el niño hacía con los “legos”, que los prodigiosos dibujos con los que adornaba sus cuadernos y ese don que tenía para hacer todo tipo de figuras utilizando software de computadora,  demostraban que Pedro tenía una gran vocación como  diseñador gráfico. Lo suyo era el mundo del dibujo, de la publicidad de masas, de las campañas publicitarias a todo color, del diseño de revistas, libros y páginas Web, y no la construcción de puentes y carreteras. Pedro tenía la suficiente aptitud y destreza para “echar números”, pero no la vocación necesaria para ser ingeniero.
    
Aptitudes, actitudes y vocación
De acuerdo con la psicóloga Yariani Barrreat, profesora del Centro de Investigaciones Psicológicas de la Universidad de Los Andes, adscrito a la Facultad de Medicina, es muy importante que un joven tenga claro cuál es su verdadera vocación al escoger una carrera universitaria, técnica, o cualquier tipo de oficio que vaya, a futuro, a formar parte de su proyecto de vida, porque estamos hablando de la actividad con la cual pretende labrarse un futuro y sostener una familia con el mínimo de satisfacción y felicidad.  Pero hay que saber distinguir entre vocación, aptitud, actitud, aspiraciones y habilidades.

“La vocación es la  orientación personal que se tiene hacia el desempeño de una ocupación u profesión. Debe responder a dos preguntas: ¿para qué creo yo que soy bueno o buena  y, por tanto, puedo desempeñarme con éxito, y qué es lo que me interesa, en términos personales, hacer en mi vida futura?”.

En cambio, la aptitud es la habilidad, la destreza o la capacidad que se puede tener en alguna actividad. Por ejemplo, uno puede estar apto para manejar números, o para algún  trabajo mecánico o de plomería, o tener habilidades para la lectura. Pero eso,  no necesariamente,  determina que se tiene vocación para ser mecánico o escritor.

La actitud es, señala la experta, la manera como uno se posiciona o responde, de acuerdo con sus creencias o valores, a una situación o evento determinado. Ante un hecho, se puede tener una actitud negativa o positiva, estar de acuerdo o en desacuerdo. Estos tres términos son aclarados por la profesora Barreat porque la población en general los tiende a confundir. Hay padres que dicen: “mi hija tiene actitudes de maestra”, para significar que a su hija le gusta enseñar a leer y escribir a sus hermanitos menores, y por eso están convencidos de que será una futura docente. Cuando en realidad puede ser que la niña realmente tenga vocación es de  médica pediatra.

“Yo puedo tener una gran aptitud, habilidad y destreza en las matemáticas -aclara Barreat- pero cuando exploro mis intereses personales, las cosas que me apasionan y me cautivan, me doy cuenta de que realmente quiero ser una gran artista. Entonces, equivocadamente puedo hasta culminar una carrera de ingeniero o matemáticas puras, pero puedo ser totalmente infeliz ocupándome en esos oficios en el campo laboral, y eso va a afectar mi calidad de vida. En cambio, puedo ser plenamente feliz siendo una artista, teniendo una ejecución exitosa y apasionada”.
     
La importancia de la orientación
    
Ante la importancia de la decisión, cualquiera se preguntaría si un adolescente estaría en capacidad de conocer su verdadera vocación, tener claras sus aspiraciones futuras y saber qué oficio lo haría plenamente feliz en su vida futura.

Es allí donde entra en juego la orientación, y ésta debe estar  bajo la responsabilidad compartida del Estado, la familia, el maestro y la propia universidad.
    
“Existen procesos de asesoramiento en orientación vocacional para estos jóvenes al momento de tomar una decisión tan importante en su vida. Eso es lo que hacemos los especialistas y está orientado a responder las dos preguntas de las que hablamos al principio. Especialmente para ayudarlos a descubrir qué quieren hacer y eso tiene que ver con sus aspiraciones e intereses personales. Muchos se preguntan si la vocación nace con el ser humano o es adquirida con los años. Normalmente hay un proceso de socialización y de aprendizaje. Hay destrezas y habilidades que se refuerzan y condicionan desde muy pequeño. Definitivamente, la vocación es un proceso que se puede condicionar, que se va adquiriendo y desarrollando con el tiempo. Se puede imponer una vocación, como en el caso de los padres médicos o abogados que inducen a sus hijos a estudiar la misma carrera, pero eso puede llevar, en la mayoría de los casos, a una gran frustración y fracaso en el muchacho, por que ninguna de esas era su verdadera vocación”.

La decisión vocacional acertada está anticipando cierto éxito en tu desarrollo profesional, en tu carrera y en tu vida, argumenta Barreat, y dentro de una universidad, estaría  ocupando un puesto que garantiza un egreso profesional exitoso, y una labor  plena y feliz en el campo de trabajo. Lo contrario conduce al fracaso, la pérdida de materias y la deserción, y la ocupación de un cupo en la ULA que le puede servir a otro estudiante que sí tiene vocación.

Otro elemento a tomar en cuenta son las motivaciones intrínsecas y extrínsecas para tomar la decisión de lo que se quiere estudiar. Las primeras son las motivaciones, aspiraciones e intereses internos personales del joven. Las segundas tienen que ver con condicionantes externos. Es común que el joven equivocadamente o inducido por la familia quiera estudiar medicina, derecho o periodismo, porque cree que estas carreras le van a permitir ganar mucho dinero más rápido y  fácil, tener más prestigio, escalar posiciones sociales o de liderazgo. Elegir una carrera por estas motivaciones externas más que por sus verdaderos intereses y motivos internos es un grave error.

La familia juega un papel importante. “Los padres deben escuchar a sus hijos, deben mantener permanente comunicación, los deben apoyar y compartir en sus inquietudes, pero nunca asumiendo el compromiso de que son ellos los que deben condicionar tal o cual carrera para que tengan éxito en la vida. El respeto a la vocación y aspiración de sus hijos está primero. Los padres sólo debemos ser orientadores y amigos de nuestros hijos en ese proceso”.

Se dan casos en que el joven aspirante está verdaderamente enamorado de una carrera como ingeniería, pero tiene unas destrezas matemáticas, espaciales o mecánicas muy disminuidas. El proceso de orientación vocacional lo ayuda a tomar conciencia de su situación, por lo que, si de verdad, por motivaciones intrínsecas, quiere  ser ingeniero, necesariamente debe fortalecer y reforzar esas áreas para no anticipar su fracaso en la universidad.  
     
Vocación y masificación    
Yariani Barreat es coordinadora de la Fase de Desarrollo Personal del Programa “Fray Juan Ramos de Lora” que ofrece la Universidad de Los Andes, dirigido a ayudar a ingresar a una carrera dentro de la universidad a aquellos bachilleres de escasos recursos que viven en zonas muy apartadas de la capital y en zonas rurales.

Como experta en la materia, sabe que en las escuelas privadas existen programas de orientación vocacional que ayudan al bachiller a seleccionar aquellas carreras por las que siente vocación y tiene aptitudes y habilidades para ella. Este no es un caso común en las escuelas públicas y menos en las zonas rurales. Esa es una de las filosofías que motorizan el Programa “Fray Juan Ramos de Lora” de la ULA.

También reconoce que el Estado ha mejorado lo que ahora se llama la “Prueba de Exploración Vocacional” que deben cumplir todos los bachilleres del país antes de optar a una carrera universitaria, porque es una vía que prioriza, por lo menos en teoría,  la vocación para el ingreso a la universidad, y no por un promedio de notas. Mas sin embargo, no está de acuerdo con la tendencia de que todos los bachilleres deben entrar a la universidad y una vez adentro “después veremos”.

“Explorar la vocación es fundamental y es un deber y responsabilidad del Estado, porque por ejemplo, existe una oferta de 200 cupos o algo más  en la carrera de Medicina, pero los aspirantes superan los tres mil. La universidad no tiene ni espacios, ni recursos, ni laboratorios ni profesores que puedan satisfacer esa inmensa demanda. ¿Qué podemos hacer? Necesariamente tenemos que seleccionar y yo estoy totalmente de acuerdo con las pruebas internas de admisión que exploren los conocimientos básicos y la verdadera vocación, porque sólo así podemos garantizar que esos 200 estudiantes tendrán un desempeño exitoso en la carrera y serán excelentes médicos, y eso no es discriminación, es ahorrar al Estado recursos que se pueden perder en 2.500 estudiantes que seguramente tienen vocaciones, habilidades y destrezas en otras áreas del conocimiento”.


La vocación en la ULA
El profesor Carlos Dávila, actual director de la Oficina de Admisión Estudiantil (Ofae) de la ULA, conoce, como profesor e investigador, los problemas en el ámbito educativo, la importancia de la vocación en la escogencia de una carrera universitaria, pues de ello depende el éxito o el fracaso del estudiante en la universidad, o en su desempeño futuro en el campo laboral.

Históricamente, dice, la ULA ha tenido en cuenta esta premisa fundamental en lo que se ha llamado la prueba de admisión interna que hasta ahora venía realizando la universidad. El futuro de estas pruebas es incierto, pues el Estado venezolano, representado en el Ministerio de Educación de Educación Superior, está estudiando otras formas más equitativas para el ingreso de los bachilleres a las universidades nacionales, al considerar que las pruebas conocidas popularmente como “Pina” son selectivas, discriminatorias y excluyentes.

Dávila no quiere entrar en esa polémica y señaló que se deber esperar la decisión del gobierno en la materia para opinar o debatir al respecto y acatar los lineamientos. Por ahora cree acertada la Prueba de Exploración Vocacional que se está aplicando, pues es una forma de anticipar cuáles son los verdaderos intereses y aspiraciones del bachiller, al escoger una determinada carrera universitaria o técnica.

Pero lo que sí defiende es la estructura de las pruebas que se han venido realizando en la ULA, por ejemplo, para seleccionar a los aspirantes a una de las carreras que ofrece.

Para él, una de los principales fortalezas de esa prueba es que además de los conocimientos básicos, ubica al estudiante para que solucione problemas de acuerdo con sus destrezas, habilidades, aspiraciones y aptitudes, todo lo cual ayuda a orientar sobre su verdadera vocación. 

Si realmente quiere ser médico, ingeniero o educador, debe demostrar, en la prueba, que tendrá un buen desempeño en esa carrera, sin importar que  su  promedio de notas en bachillerato haya sido de 12 o de 20 puntos. Se les da la oportunidad a todos. Inclusive, si no pasa la primera prueba, y si mantiene el empeño de estudiar medicina porque ese es el sueño de su vida y siente que es allí donde será exitoso como profesional, tiene una segunda oportunidad para estudiar, reforzar y desarrollar aquellas áreas donde haya salido mal, mejorar esos conocimientos,  y volver a presentar la prueba. A eso no se le puede llamar discriminación.

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